Aunque en otro artículo mencioné la sensación de gratitud originada desde la felicidad, hoy siento ganas de dar las gracias, y no porque esté en ese maravilloso estado de plenitud. Como mujer llegando a la mitad de su vida, puedo empezar a echar la vista atrás con un poco de juicio. Esta mañana, desperté desperezándome como suelo hacer, extendiendo cada parte de mí como si pretendiera crecer y alcanzar el techo, las paredes, el cielo. Nuestra carne nos limita como humanos y nos da armas al espíritu, para sentir o padecer, a veces, a antojo. Sin duda, aunque se echen de menos los tiempos pasados, las tardes de siesta sin sueño, aburridos con una tiza en la acera del pueblo o el jaleo que siempre hay en tu barrio de ciudad, las patadas karatecas de tu hermana, las aventuras a lo Indiana Jones con "minimachetes rambitos", los moluscos de las rocas, el ruido de las agujas de punto de tu madre, la armónica de tu padre y los guisos de las abuelas, tras meditarlo varias veces, he ...