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FILTROS

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AMOR

HERIDAS





 Acomodada en el viejo sofá de campo, con las uñas llenas de tierra y las rodillas astilladas, espero paciente bajo el tic tac del reloj, que esta lágrima desnuda baje, se pierda limpiando el sudor de mis arrugas, caiga y cultive la flor que ha de sanar la vieja cicatriz.

Quién elige los filtros que ponemos a nuestros ojos y quién los que ponemos a nuestras expectativas.
«Hasta la muñeca de amor y hasta el hombro de dinero, cariño» … Viene desde las abuelas o viene desde la primera herida…
¿Pueden las heridas, las incisivas que se reabren una y otra vez, amortizarse en una vida adaptada a ellas? ¿Son las que, a su vez, nos hacen ser lo fuerte que somos?
¿Es posible que sea tan profunda que tu mundo se cierre a una sola idea, colocada en el fondo de ella, y cada paso que plantes, sea destinado a subsanarla?
Los filtros de la felicidad, así como los de la tristeza son los filtros que tú mismo has creado, pacientemente, decididamente. Los encajes cosidos al yelmo, los hilvanes que cuelgan del rostro, pegando la careta que hayas elegido. A veces tan bien cosido, que se hace parte de ti.
Me miro al espejo, un día pálido, un rostro tan pálido como su día, árido y hueco. Aprieto los dientes mientras mis labios se arquean y mis ojos se achinan, buscando el señuelo, el órdago que hará que hoy sea una persona, decididamente feliz.
Mientras continúo la charla, la marcha, la vida y suceden las horas, buceo en un profundo océano, a solas y en silencio. Es por eso quizás, que a veces, mientras vivo, un suspiro buscando aire para seguir en mi profundo mar se asoma.
Al llegar a casa, las heridas están más cerradas, salgo a tierra, me he estado esperando para secar la piel mojada. Se agudiza la paciencia ante el rostro joven, los ojos nuevos, los labios dulces.
Filtrando la esencia, en origen oscilante.


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